Por Diego Angelino
Esta es la historia del Barón y la Baronesa, que llegaron a tierras americanas escapando del infierno europeo, buscando reposo para el espíritu, y terminaron devorados por sus fantasmas pero también por un paisaje geográfico y humano que apenas alcanzaron a comprender. O, si se quiere, es la historia de la vieja Frutos, yuyera y mañosa, cansada ya de cargar con la indolencia de su esposo y de su hijo, que en un momento creyó haber encontrado en los recién llegados el remedio para sus penurias y al momento siguiente vio derrumbarse todo delante de sus ojos. O bien es la historia de la Baronesa y la vieja Frutos, dos mujeres tan diferentes y tan parecidas, necesitadas una de la otra y al mismo tiempo trabadas en un duelo que ata inexorablemente sus destinos. Pero también puede ser la historia del difícil encuentro entre culturas ajenas, una historia de invasiones y usurpaciones recíprocas, cruel con sus protagonistas, estéril, sin futuro, de la que apenas brota, en el momento extremo, la mirada perpleja del hombre de la tierra frente a la tragedia del desarraigado: si no la comprensión, al menos el reconocimiento de que más allá de las lenguas y las costumbres alienta una humanidad común, un desvalimiento compartido frente a un destino inexorable. “Duerma, Señora, duerma. Todos precisamos dormir”, le dice la vieja a la Baronesa en la frase que cierra el relato.… Siga leyendo, y descargue su libro...






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