La culpa

Por F. J. Solero

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El lector tiene ante sí una novela argentina importante. Publicada hace más de medio siglo, y nunca reeditada, padeció la rara suerte de haber sido pertinazmente ignorada en los sucesivos repasos que la crítica hizo del género desde entonces. La culpa comparte las características principales de la narrativa de su época: el tono pesimista, los ambientes sórdidos, el sexo retorcido, la soledad esencial de los protagonistas, características fuertemente inducidas por las corrientes literarias (norteamericana, italiana, en menor medida francesa) y filosóficas (existencialismo, marxismo) prevalecientes. Pero recorre un camino tan alejado de la angustia metafísica de un H. A. Murena como de la denuncia social de un David Viñas. Sus personajes no actúan una teoría, tampoco el cómo está en ella subordinado al qué, reproches que la crítica ha dirigido con frecuencia a los novelistas de la generación de 1955. Es evidente que el autor acometió su escritura con un propósito estético, inseparable de su voluntad narrativa (la intención de contar algo, de mostrar unos personajes y unos ambientes determinados) y de su elección de los recursos (una toma de posición en términos de estructura, de lenguaje). Esas preocupaciones se hacen inmediatamente visibles en el contrapunto estructural entre la ciudad (el mundo exterior, la acción, el lenguaje de la calle) y la culpa (la interioridad, la memoria, el lenguaje de la conciencia, del remordimiento).

El autor es un escritor consciente de su oficio: la obra está dedicada a “Eugenio Cambaceres, primer novelista argentino”. El editor original emparenta su estilo con William Faulkner y Marcel Proust. Es posible encontrarle una genealogía más cercana, que arranca por cierto en Cambaceres y llega hasta Roberto Arlt: F. J. Solero escribió apreciativos ensayos sobre uno y otro. También es posible anotar que La culpa enlaza al autor de Los siete locos por un lado con el Ernesto Sabato de El túnel y el Informe sobre ciegos, y por el otro con una corriente narrativa que se proyecta hacia autores posteriores como Ricardo Piglia. Pero antes de cualquier otra consideración es preciso reconocer que por su intriga criminal, sus situaciones violentas, la indefinición moral de sus personajes, la cómoda convivencia entre lo atroz y lo trivial, la derrota que anida en el espíritu de sus protagonistas, La culpa es la primera novela negra argentina.

La trayectoria de Francisco Jorge Solero (1920-2008?) resulta tan enigmática como la de su novela. Apenas sabemos que cursó estudios en la Facultad de Filosofía y Letras, se desempeñó como traductor, y estuvo muy activo en el ambiente intelectual porteño en las décadas de 1950 y 1960: aparecen colaboraciones suyas en las principales revistas de esos años: Centro, Contorno, Verbum, Sur, Ficción, Gaceta Literaria. Su primer libro fue una colección de poesía, El dolor y el sueño (1953), le siguió La culpa (1956) y, al cabo de dieciséis años de silencio, ¿Qué es América? (1972), una recopilación de ensayos. Allí anuncia una próxima novela, Aleluya, pero nunca volvió a saberse de ella ni de su autor. El poeta Darío Cantón cuenta que Solero y Murena eran amigos: compartieron de hecho proyectos editoriales; Murena decía que Solero lo imitaba, y algo de eso llama prontamente la atención, más allá de la común manera de firmar (que remite a T. S. Eliot) adoptada primero por Murena, y de la incursión de ambos escritores por todos los géneros. Como quiera que hayan sido las cosas, la novela de Solero exhibe una vitalidad de la que carecen las de Murena (poeta y ensayista antes que nada), anticipa un narrador con garra. ¿Hubo acaso un Solero-Salieri fascinado, bloqueado por un Mozart-Murena?


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