Por Eduardo Mallea
En el principio fue el verbo. Así como la palabra de Dios creó el mundo que nos envuelve y a nosotros mismos, sus personajes, la palabra del hombre ha creado y crea infinidad de mundos y personajes ficticios que replican, retocan y retuercen su propia experiencia. Este ejercicio, compartido por todas las culturas, en todos los idiomas, tiene su parte lúdica, placentera: a todos nos gusta desde niños que nos cuenten cuentos, que nos canten canciones, que nos hagan representaciones; tiene también su parte práctica: esos mundos y personajes ficticios, trágicos o cómicos, nos ayudan a comprender el mundo real y sus personajes reales, incluidos nosotros mismos; tiene, finalmente, su parte estética, la belleza escrita, que es sustento de las dos anteriores: la palabra, el verbo, carecería de todo poder si no estuviera bien trabajada, en su fondo y en su forma, en su densidad significativa y su capacidad de atraer la atención del lector.… Siga leyendo, y descargue su libro...






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