Por León XIII
Hacia fines del siglo XIX, la revolución industrial había producido ya sus mayores efectos: la producción, el comercio y las finanzas lograban resultados jamás imaginados, las colonias aportaban ingentes cantidades de materias primas a precios irrisorios, una burguesía empoderada controlaba los principales resortes del poder político, y en las capitales europeas el clima era de perpetua fiesta: los valses de la familia Strauss y las pinturas de los impresionistas daban sonido y color a la belle époque. Sólo había un inconveniente: una clase trabajadora miserable y explotada durante décadas comenzaba a prestar atención a las ideas socialistas y a agruparse en sindicatos y partidos que ponían por primera vez en tela de juicio el derecho de propiedad. A este temible fenómeno se lo llamó asépticamente “la cuestión obrera” y la encíclica Rerum novarum (Sobre las cosas nuevas) fue el aporte de la Iglesia católica para encararlo.
Combinando argumentos teológicos con especulaciones prácticas, el documento pontificio defiende tanto la propiedad privada como el derecho de los trabajadores a una vida digna; afirma que la desigualdad entre los hombres es natural e inevitable, pero reconoce la situación de explotación que afecta a la mayoría de quienes viven de su trabajo, y propone como remedio la asociación o agremiación de los empleados, como herramienta tendiente a mantener con los empleadores una relación constructiva en la que cada parte reconozca las necesidades de la otra. La doctrina cristiana, los valores cristianos, proporcionan tanto a patronos como a obreros un repertorio de nociones, principios y valores aptos para enmarcar esa relación. La encíclica que aquí presentamos sirvió de base para la llamada doctrina social de la Iglesia, alentó la creación de los partidos demócrata-cristianos, y alcanzó quizás su mayor expresión política en el peronismo argentino, también llamado justicialismo por su identificación con la idea de justicia social que ella propone.
El papa León XIII fue una de las inteligencias más notables de la sede apostólica, que así como se ocupó de los problemas sociales fustigó a la masonería, reivindicó el lugar del tomismo en el magisterio eclesiástico y desplegó, especialmente en Europa, una actividad diplomática que volvió a colocar al estado pontificio en el mapa político del continente. Su encíclica más famosa volvió a cobrar actualidad desde que un nuevo papa eligió para sí el nombre de León XIV, en señal de continuidad con aquél. La doctrina expuesta en Rerum novarum (1891) fue posteriormente ampliada y actualizada por otros pontífices en encíclicas como Quadragesimo anno (1931) de Pío XI, Mater et magistra (1961) de Juan XXIII, Populorum progressio (1967) y Octogesima adveniens (1971) de Paulo VI, Laborem exercens (1981) de Juan Pablo II, y Laudato si’ (2015) del papa Francisco.
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