La majada del cielo

Por Juan B. Aguilar Torres

Aunque el subtítulo del libro lo promete, no es ésta una colección de cuentos convencional. Se trata más bien de “sucedidos”, narraciones orales propias del ambiente rural argentino, evocativas de algún episodio real, adornado, enriquecido o interpretado por el narrador, expuestas, y también comentadas, en torno del fogón galponero o entre las mesas del almacén o la pulpería. El gran protagonista de estos sucedidos, a la vez como actor y narrador, es el peón rural del sur entrerriano a mediados del siglo pasado, retratado a partir de su lengua y de su mentalidad o su cultura, tal como esa lengua la revela. En la Presentación, el autor reconoce que se trata de “relatos en los que aparecen, transfigurados, sucesos de la propia infancia campesina”. Al término de uno de esos relatos, expone, casi distraídamente, el tono general de su trabajo: “Y esto que termino de narrar ocurrió en mi presencia en las costas del Gualeguay”

A pesar de ser un libro primerizo, el autor se muestra diestro y seguro en el manejo del lenguaje, el retrato de personajes, la administración narrativa. Se advierte una progresiva soltura en el manejo de giros, acentos o peculiaridades del lenguaje popular, que aparecen primero amparados por las comillas, como pidiendo permiso (“Una copla para don Goyo”), y terminan habitando el estilo con pleno derecho (“La pelea de Cruz Palomeque”). Primera curiosidad de ese estilo: a pesar del ambiente campero, el autor evita cuidadosamente la palabra gaucho, y cuando debe referirse a unos matreros que asolaban la zona, recurre al arcaizante gauderios. Segunda curiosidad: la puesta de cada sucedido bajo la advocación de un autor clásico, sea como ironía (El Julio César de Shakespeare apadrina una partida de truco, por ejemplo) o como intento de darle a la pequeña historia la jerarquía literaria del gran drama.

Poco sabemos de Juan Bautista Aguilar Torres. Sus condiscípulos del Colegio Nacional de Gualeguaychú lo recuerdan como poeta precoz; en sus alumnos del Colegio Nacional de Adrogué quedó impresa la figura de un criollo fiero, de ojos y bigote renegridos, sin concordia con un carácter más bien tímido y candoroso; sus colegas del Instituto de Literatura Argentina de la universidad porteña evocan su porte elegante y su extrema cortesía. Toda su actividad conocida encaja en la década de 1960: La majada del cielo se publicó en 1963, y en 1966 apareció su único poemario, Libro de las presencias. En la revista Jauja, del padre Leonardo Castellani, Luis Soler Cañas destacó su “verso ceñido y pulido” y su “madura conciencia estética”. No hay otros rastros de este escritor, y es dable suponer que Aguilar Torres cedió al llamado del terruño (“Oh casa, mi casa… ¿Por qué me dejaste partir?”) y regresó a la Costa del San Antonio para administrar la hacienda familiar (la figura del padre se adivina en el estanciero Juan Bautista Vilar que aparece en el relato final), pero también para sumergirse en esa combinación de voces, historias y paisajes que lo seducía.


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