Jesús y la política de su tiempo

Por Carlos Mugica

“Si bien el compromiso cristiano pasa por el compromiso revolucionario, Cristo es mucho más ambicioso que un revolucionario”, escribía Carlos Mugica en el último capítulo de su ensayo La muerte de Dios. En el contexto de la década de 1970, cuando publicó sus trabajos teológicos, muchos católicos, especialmente los jóvenes, tendían a agotar el mensaje de Cristo en un programa de redención humana, y a confundir el compromiso evangélico con la acción política o social. Jesús y la política de su tiempo arranca justamente allí donde concluye el ensayo anterior: en la necesidad de afirmar sin lugar a dudas que el propósito de Cristo es trascendente, y que tiene que ver con redimir al hombre para acercarlo a la vida divina.

Una cita de San Pablo se repite también en el cierre de un trabajo y en la apertura del otro: “Si Cristo no resucitó, los cristianos somos los más tontos de los hombres, porque creemos en alguien que nos ha engañado”. Mugica, por esta vía, da entrada a dos dimensiones del cristianismo que el fragor de la preocupación social dejaba de lado: el misterio de la resurrección, la gracia de la fe. Para que su advertencia resulte del todo clara, se apoya en los aportes del teólogo protestante Oscar Cullmann sobre el Jesús histórico para mostrar cómo su acción estuvo lejos de los movimientos políticos de la época. Podía parecer coincidente con uno u otro, pero estaba orientada hacia un reino “que no es de este mundo”, y por eso no fue comprendida ni por los gobernadores romanos ni por el sanedrín judío. “Esta tensión entre estar en el mundo luchando por la liberación del hombre en todos los frentes, sin ser del mundo, sin hacer de esta instancia terrena el destino definitivo, es lo que Cristo exige hoy al cristiano”, afirma el autor.

Carlos Mugica (1930-1974) fue un sacerdote jesuita, profesor de teología en la Universidad del Salvador, que adhirió al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, ejerció su ministerio en los barrios pobres de Buenos Aires, y orientó doctrinariamente a los jóvenes que luego crearon la organización Montoneros, de la que tras una serie de desacuerdos sobre las acciones armadas tomó públicamente distancia cuando se restableció la democracia en 1973. Mugica murió al año siguiente, asesinado por la derecha, repudiado por la izquierda, y llorado por su grey. La corriente teológica ecuménica que refleja en sus ensayos –La muerte de Dios (1970), Jesús y la política de su tiempo (1972)– fue literalmente erradicada del debate católico bajo el papado de Juan Pablo II; su mano derecha en esa tarea, el cardenal Joseph Ratzinger, entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, lo sucedería en el trono de Pedro bajo el nombre de Benedicto XVI.


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Un comentario sobre “Jesús y la política de su tiempo”

  1. Aprecio mucho el pensamiento del autor, es por eso que me gustaría leer este texto, muchas gracias.

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