Apocalipsis

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Apocalipsis, palabra griega que significa revelación, es el título del último de los libros del Nuevo Testamento, y dentro de ese conjunto de textos religiosos, el único con un tono marcadamente profético: no cuenta lo ocurrido sino lo que va a ocurrir, según las visiones que tuvo su narrador. Se trata de un texto extremadamente rico en imágenes y símbolos (numéricos, cromáticos, zoológicos), principalmente heredados de la tradición judía, cuya compleja interpretación desencadenó entre los Padres de la Iglesia apasionadas polémicas que se arrastraron por siglos sobre la conveniencia o no de incorporarlo al canon bíblico. Hubo que esperar hasta el siglo IV para su definitiva aceptación; la Iglesia Ortodoxa, empero, no lo considera parte de su liturgia.

El Apocalipsis no es un texto singular y aislado, sino que forma parte de una tradición, para muchos un verdadero género de características propias, surgido en el contexto de la cultura hebrea y cristiana en los siglos inmediatamente anteriores y posteriores a la vida de Cristo. En todos ellos, con similar lenguaje simbólico, se alude al sufrimiento del pueblo judío o de los primeros cristianos, se instala la esperanza de una intervención mesiánica, y se describen los horrores que esperan a los culpables de aquellas penurias. Parecen destinados a dar aliento a una comunidad de fieles en tiempos de dificultades y persecuciones.

Es notable comprobar de qué manera la imaginería presentada en el Apocalipsis ha impregnado la literatura y el arte occidentales a lo largo de la historia, desde Los cuatro jinetes del Apocalipsis de Albrecht Dürer hasta El séptimo sello de Ingmar Bergman, desde La cifra de la Bestia de Iron Maiden hasta El pozo y el péndulo de Edgar Allan Poe. Desde mediados del siglo XX, la literatura, el cine y la historieta especulativos, fantásticos, o de anticipación se han remitido al mundo apocalíptico en busca de imágenes para describir el futuro de la humanidad. Se trata de un mundo atroz de sociedades corruptas, de hombres y mujeres entregados al desenfreno, de adoradores de la riqueza y el poder, a quienes aguardan los castigos más terribles: fuego, hambre, guerras, pestes, dragones y fieras monstruosas de varias cabezas y aliento letal. Pero también es un mundo donde los ángeles luchan con los demonios y donde los hombres buenos reciben la promesa de su redención.

El visionario que relata en este libro las revelaciones recibidas en sus trances extáticos se presenta como Juan, y esto llevó a algunos eruditos a identificarlo con el evangelista. Pero a lo largo del texto se hace evidente la presencia de múltiples voces como para admitir la hipótesis de un autor único: hay demasiadas repeticiones, y párrafos sueltos que no guardan relación con el contexto.

Esta edición del Apocalipsis propone una lectura literaria, no religiosa, de este texto anónimo. Su versión castellana corresponde a la de la llamada Biblia Latinoamericana, con algunas modificaciones menores inspiradas en la Biblia de Jerusalén. Se han suprimido todas las notas, la identificación de versículos y las correspondencias, así como las mayúsculas impuestas por la liturgia. También se han eliminado los títulos y subtítulos habituales en los textos bíblicos para reemplazarlos por otros que ponen de relieve su organización septenaria (siete capítulos divididos en siete partes cada uno). En la tradición judía el siete representa la perfección.


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