Tierra de nadie

Por Juana Bignozzi

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La tierra de nadie a la que alude el título ocupa el lugar central entre las imágenes que prevalecen en este libro de poesía; el poema que la incluye ocupa nada casualmente el lugar central en la colección. Esa tierra de nadie donde no hay caminos ni brújulas, ni memoria ni futuro, apenas un hueco en el que sólo se puede girar en vano, se convierte así, por su misma centralidad, en el eje ordenador de su universo expresivo: tiempo y espacio se conjugan en un continuo donde la voluntad de ser tropieza continuamente con un nihilismo corrosivo, y no se arredra. La impulsa la vislumbre de la luz, del azul (¿rubendariano?), la certeza de que “las cosas existen aunque a veces no se encuentren”, la convicción de que “vivir es todo / menos aceptar el cansancio”.

Tierra de nadie (1962) es el segundo libro de la autora, y muestra todavía un poeta en construcción, con un lenguaje en construcción. Ambos llegarían a la madurez a partir de Mujer de cierto orden (1968), pero aquí ya se adivina su perfil, esa combinación de densidad expresiva (“Lo único importante: / este equilibrio en el vacío a plena luz”), ironía (“Un día se va a encontrar / la mirada blanda, un poco doblada”), frases cotidianas, casi insolentes (“…un día se los lleva por delante”), y sobre todo, siempre, musicalidad y belleza, como al decir acerca del olvido: “Cuando llega / dulcemente desde las manos / empieza a subir la muerte”.

Juana Bignozzi (1937-2015), además editora y traductora, fue una voz singular en la poesía argentina del siglo XX. Se inició en el género con Los límites (1960) y, apartada de las corrientes en auge, asoció sus preocupaciones existenciales con un cuidado formal cada vez más depurado. Su obra se completa con Regreso a la patria (1989), Interior con poeta (1994), Partida de las grandes líneas (1996), La ley tu ley (recopilación, 2000), Quién hubiera sido pintada (2001), Antología personal (2009) y Las poetas visitan a Andrea del Sarto (2014). “Se es poeta para trabajar con la lengua de otra manera —dijo en un reportaje—. En la poesía tiene que haber algún misterio, algo que el poeta ve y que el público no. Tenemos la obligación de revelar los misterios, pero de una manera distinta de la que, por ejemplo, tiene el periodismo.”


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