Qué es una nación

Por Ernest Renan

A fines del siglo XVIII, la revolución francesa despejó el camino hacia la constitución de los estados nacionales que hoy conocemos; Europa y América dedicaron el siglo XIX a la construcción de esos estados, avanzando con dificultad por caminos no explorados. Los súbditos de reinos o de imperios se convirtieron en ciudadanos más o menos voluntaria y libremente asociados. Al tiempo que la política tejía la trama que mantiene unido al estado-nación, los hombres de pensamiento se preguntaban sobre su naturaleza, sus fundamentos y sus límites. Los argumentos de entonces cobran hoy renovado interés porque los estados nacionales soportan el vendaval de unas minorías dotadas de un poder económico y coercitivo jamás visto en la historia, empeñadas en borrar fronteras y diferencias culturales, y decididas a devolver la humanidad a sus más oscuras épocas de servidumbre.

Este historiador francés sostiene que la existencia de una nación es un plebiscito diario en el que un pueblo ratifica su reconocimiento y aprecio del pasado común y su voluntad de prolongar esa herencia en el tiempo. “Un gran grupo de hombres, cuerdos y de corazón cálido, crea una conciencia moral que se llama nación. Mientras esta conciencia moral demuestre su fortaleza mediante los sacrificios que exige la abdicación del individuo en beneficio de la comunidad, es legítima; tiene derecho a existir”, dice, pero advierte: “Las naciones no son eternas. Tuvieron un comienzo, y terminarán. Pero ésa no es la ley de la época en que vivimos”. Sus palabras, que pronuncia ante un escogido auditorio en la Sorbona, más de un siglo atrás, hoy resuenan como extraordinariamente contemporáneas, una premonición lanzada hacia nuestro tiempo: “En la actualidad, la existencia de las naciones es buena, incluso necesaria. Su existencia es la garantía de la libertad, que se perdería si el mundo tuviera una sola ley y un solo amo.”

Ernest Renan (1823-1892) debe su fama particularmente a la disertación que aquí presentamos y a una Vida de Jesús, primer libro de una Historia del cristianismo en siete volúmenes, publicada entre 1863 y 1883, que provocó una turbulenta indignación en la Iglesia Católica. También escribió una Historia del pueblo de Israel, en cinco volúmenes aparecidos entre 1887 y 1893, que le merecieron el calificativo de antisemita; es más, dieron origen al término “antisemita”. Una logia masónica lleva su nombre, y desde Maurice Barrès los nacionalistas franceses lo reconocen como uno de sus precursores.


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