Por Carlos de la Púa
La palabra lunfardo, que da nombre al argot de Buenos Aires, proviene del italiano lombardo. Allá designaba a los prestamistas que atendían al pueblo más bajo y terminó siendo equivalente a usurero y ladrón. En los barrios bajos porteños de fines del siglo XIX lunfardo también se usó como sinónimo de ladrón, para terminar designando una lengua que se gestó en el ambiente delictivo y prostibulario, se extendió desde allí a la vida nocturna, y permeó en definitiva hacia la sociedad toda, en buena medida gracias a las letras de tango y el teatro popular. El lunfardo cobró vida propia, creó su propia mecánica de renovación y hoy sigue dando expresión a las vicisitudes sociales, siempre con un pie en la pobreza, la marginalidad y el delito, y el otro en la cultura de masas.
Inevitablemente, el lunfardo captó también la atención de la cultura de élite, especialmente en el grupo de escritores que el editor Natalio Botana convirtió en periodistas en la legendaria redacción del diario Crítica, entre ellos Enrique y Raúl González Tuñón, Horacio Rega Molina, Pablo Rojas Paz, Alberto Pineta, Roberto Arlt, Ulyses Petit de Murat, Sixto Pondal Ríos, Santiago Ganduglia, Jorge Luis Borges, y Nicolás Olivari. Quizás el periodista entre todos ellos era un redactor que provenía de la revista El hogar, que escribía guiones para el cine, y a quien llamaban Malevo Muñoz por su afición al ambiente orillero y marginal.
Con el apoyo financiero de Eduardo Dughera, el distribuidor de Crítica, el malevo Carlos Raúl Muñoz Pérez (1898-1950) publicó La crencha engrasada en 1928 y la firmó con el seudónimo de Carlos de la Púa. En esta colección de poemas que no llena cien páginas, su único libro, logró incorporar un amplio repertorio del lunfardo de la época. Pero en él hay algo más que virtuosismo lingüístico: en su galería de personajes populares, en su registro de calles y de barrios, en su mirada tierna recatadamente vestida de dureza, en su diálogo constante con el tango (los poemas Don Juan, El Entrerriano, El choclo comentan las partituras homónimas), en su vocabulario de la noche, el suburbio y el delito, asoma sostenidamente esa rebeldía orgullosa y desafiante que fue punto de encuentro entre los inmigrantes europeos y los antiguos criollos federales, y matriz de una nueva aristocracia.
Aunque no demasiado apreciado en el momento de su aparición, este libro se convirtió en arquetipo de la poesía lunfarda, que sumaría luego nombres ilustres como Celedonio Flores, Luis Alposta o Daniel Giribaldi. Las ediciones posteriores suelen incluir notas al pie, o un diccionario al final, para explicar sus términos. En esta entrega se ha preferido aprovechar los recursos de la edición digital: basta rozar con el puntero los subrayados —palabras, construcciones, incluso versos completos— para que aparezca sobreimpresa su versión en lenguaje corriente.
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In Octavo