Por Beatriz Guido
Esta obra trata sobre los apetitos en sus versiones más generalizadas y conocidas. Es una historia, o mejor dicho dos historias, sobre las estrategias que algunas personas conciben para lidiar con esos apetitos, que van desde la aceptación sin límites hasta el rechazo sin atenuantes, pasando por todo tipo de mediaciones y transferencias. Historias fallidas de perversiones, resentimientos, desenfrenos y negaciones que conducen aquí inevitablemente hacia la destrucción y la muerte. Historias que desconciertan y asombran a ciertos testigos ocasionales, aparentemente reconciliados con su naturaleza humana, o por lo menos conscientes de que, como dice uno de ellos, la vida no puede ser estafada.
Marco y Soledad son protagonistas de una historia pretendidamente real, que conocemos gracias a sus respectivos relatos en primera persona. Soledad, al mismo tiempo, va desplegando, para entretenimiento de su patrona, la madre de Marco, una historia explícitamente ficticia basada en un folletín francés que ella interviene con figuras recortadas de las revistas y sus propios dibujos. Esta historia, llamada “Simplemente dormida”, que la joven describe como “fotonovela”, aparece bajo la forma de un texto teatral, se intercala en su propio relato, y de algún modo comenta la trama que Soledad comparte con Marco y su madre. El nombre de Miguel, el arcángel que derrota al demonio, aparece en las dos historias. El conjunto es difícil de describir como género —incluye dos memorias autobiográficas, una carta y un guion dramático—, pero su intención es claramente narrativa.
Beatriz Guido (1922-1988) fue, junto a Martha Lynch y Silvina Bullrich, una de las novelistas argentinas más leídas en la segunda mitad del siglo XX, con títulos como La casa del ángel (1954), La caída (1956), Fin de fiesta (1958) y El incendio y las vísperas (1964). Escribió además los guiones de varias películas, algunas basadas en sus novelas, dirigidas por su marido Leopoldo Torre Nilsson. Su producción se muestra marcada por un rechazo simultáneo, y a veces entrelazado, de la represión sexual y política, asociadas en sus narraciones al catolicismo y el peronismo. Soledad y el Incendiario apareció en 1982, y nunca fue reeditado. Se han reproducido en esta edición digital los dibujos de Elena Torres por estar intrínsecamente vinculados al relato.
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