Por Israel Zangwill
Hay una clase de humor rápido, instantáneo, que produce su impacto al liberar la tensión creada por una situación ajena a la lógica, a lo habitual, a lo esperable; hay otra clase, más lenta en sus efectos, que consiste en presentar lo habitual bajo una mirada no habitual. Como esas luces especiales que revelan lo que pasa desapercibido en condiciones normales, esta clase de humor pone en evidencia de manera implacable rasgos peculiares, defectos, manías, rarezas que en el vértigo de la vida cotidiana a veces nos pasan desapercibidas. Este humor no arranca la carcajada sino la sonrisa, y no enciende la burla sino que activa el reconocimiento, la comprensión y la piedad. Sus cultores privilegiados son los italianos desde la farsa atelana y los judíos desde la Torá.
Este humor afectuoso y una fina penetración psicológica son las herramientas empleadas por Israel Zangwill (1864-1926) para exponer, en innumerables cuentos, novelas y obras de teatro, la vida de la judería londinense en la transición del siglo XIX al XX. En “Rosa del gueto”, que integra la colección de cuentos El rey de los mendigos (1893), la mirada a la vez satírica y comprensiva de este escritor, que muestra sin abrir juicio, pone de relieve el papel ordenador que el dinero y el matriarcado jugaban en esa comunidad. La popularidad de sus relatos, que él describía a grandes trazos como tragedias y comedias del gueto, hizo que se le llamara “el Dickens judío”, y al igual que éste, supo hacer llegar su fama al otro lado del Atlántico. Su obra teatral El crisol de razas (1908), en la que abogaba por la fusión de credos y culturas, obtuvo un éxito resonante en los Estados Unidos, y el reconocimiento personal del presidente Theodore Roosevelt.
Zangwill fue también un activo militante sionista que acompañó inicialmente a Theodor Herzl en el proyecto de crear un estado judío en Palestina, pero mudó de opinión en cuanto se enteró de que la región no era “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”, como se decía por entonces, sino un lugar densamente habitado por árabes. “Palestina propiamente dicha ya tiene sus habitantes —declaró en Nueva York en 1904—. El pashalato de Jerusalén ya tiene el doble de [densidad de] población que los Estados Unidos”. Años más tarde calcularía en 600.000 el número de árabes en la región. Convencido de que establecer allí un estado judío sólo iba a ser fuente de conflictos imposibles de resolver organizó un movimiento territorialista orientado a buscar cualquier otro lugar para ese fin. Su popularidad como escritor no se tradujo en apoyos políticos, y entonces volcó sus energías a otros asuntos, como los derechos de las mujeres.
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In Octavo