Una muchacha para matar

Por Daniel Lang

Hace cincuenta años, Phan Thi Mao, una campesina vietnamita de poco más de veinte años, fue arrancada de la choza en que vivía por soldados de una patrulla estadounidense que buscaban una muchacha para divertirse. Cuatro de ellos la violaron, la apuñalaron y remataron a balazos, y abandonaron su cuerpo entre los arbustos. El quinto no participó del crimen, lo denunció, y resistió todas las presiones de la jerarquía militar para que retirara su alegato. Finalmente los cuatro fueron sometidos a sendas cortes marciales, pero los veredictos de culpabilidad no calmaron las tribulaciones del denunciante, que no encontraba respuestas para dos preguntas cruciales: ¿por qué cuatro jóvenes norteamericanos como él, que en su país habrían sido incapaces de ofender o lastimar a nadie, se habían comportado de esa manera en la selva del sudeste asiático? ¿Por qué él mismo no había encontrado la manera de salvar la vida de la chica? Cuando un periodista se le acercó para conocer su historia, el denunciante —y su esposa— creyeron que un interlocutor ajeno al ámbito militar y también al de los afectos podía ayudarle a comprender mejor el incidente en el que se había visto envuelto y su participación en él.

Resultado de ese encuentro con el soldado fue el artículo que aquí presentamos y que el periodista y escritor Daniel Lang (1913-1989) publicó en el New Yorker en septiembre de 1969. Lang había cubierto la segunda guerra en Europa, para ocuparse luego del amanecer de la era atómica y la guerra fría. Sus artículos recogidos en libros reflejan una sostenida preocupación sobre la facilidad con la que la conciencia moral de los individuos, su capacidad para discernir entre el bien y el mal, se resquebrajaba en situaciones como las que le había tocado relatar.

La cuestión está presente en este reportaje en todos sus niveles: en el soldado que se siente obligado a denunciar los episodios de los que fue testigo, en el periodista que publica un terso relato de los hechos tal como surgen de la narración del denunciante y del expediente judicial, y por fin en el público que el texto presupone. Medio siglo después, esa preocupación por la responsabilidad ética resulta sorprendente. Hubo muchas otras guerras después de aquélla, y horrores más espantosos que los que aquí se cuentan, pero el público y la prensa parecen haber perdido el interés. En 1989, el director Brian de Palma llevó el reportaje de Lang a la pantalla con su mismo título, Casualties of War, pero el filme pasó sin pena ni gloria. En 2007, con la película Redacted, De Palma insistió en el mismo asunto  pero ubicándolo en la guerra de Irak, y tampoco tuvo suerte.

Lang tituló su artículo Víctimas de guerra, sugiriendo que la campesina vietnamita, sus ejecutores e incluso el denunciante habían sufrido las consecuencias de un mal mayor, y que la guerra era causa del quiebre moral. Al año siguiente de su aparición en inglés, la revista Panorama de Buenos Aires presentó una versión condensada con el título Una muchacha para matar. Se lo ha preferido para esta edición digital (y completa) por considerarlo más adecuado para este tiempo, cuando no sabemos si estamos en paz o en guerra pero hay muchachas para matar a la vuelta de cualquier esquina.


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