Lectura y literatura

Por Eduardo Mallea

En el principio fue el verbo. Así como la palabra de Dios creó el mundo que nos envuelve y a nosotros mismos, sus personajes, la palabra del hombre ha creado y crea infinidad de mundos y personajes ficticios que replican, retocan y retuercen su propia experiencia. Este ejercicio, compartido por todas las culturas, en todos los idiomas, tiene su parte lúdica, placentera: a todos nos gusta desde niños que nos cuenten cuentos, que nos canten canciones, que nos hagan representaciones; tiene también su parte práctica: esos mundos y personajes ficticios, trágicos o cómicos, nos ayudan a comprender el mundo real y sus personajes reales, incluidos nosotros mismos; tiene, finalmente, su parte estética, la belleza escrita, que es sustento de las dos anteriores: la palabra, el verbo, carecería de todo poder si no estuviera bien trabajada, en su fondo y en su forma, en su densidad significativa y su capacidad de atraer la atención del lector.

En la exposición que aquí presentamos, un autor de literatura se coloca voluntariamente en el lugar de su público para hablar de lectura. Repasa detalladamente los modos y grados del leer, y subraya la medida en que la lectura hace a la vez más ancha y más profunda la conciencia del lector. Describe, por un lado, el nivel de fina atención que todo escritor espera de quien lo lee, pero también expone el esfuerzo que el novelista, poeta o dramaturgo hace por captar esa atención y guiar a su audiencia por el laberinto de la imaginación en una aventura destinada a agudizar la percepción, a profundizar el conocimiento, de la circunstancia histórica y de los hombres y mujeres de carne y hueso con los que cada lector, oyente o espectador se cruza en la vida.

Eduardo Mallea (1903-1982) es un narrador y ensayista argentino, cuya extensa obra apunta por una u otra vía a indagar sobre la condición humana y sobre las particulares vicisitudes de esa condición en la sociedad argentina. En el primer aspecto, refleja las preocupaciones existenciales dominantes en su tiempo; en el segundo, comparte las incertidumbres de su generación sobre el destino de la Argentina como nación y como cultura. En ningún caso Mallea hizo concesiones fáciles, y en toda su producción campea un frío escepticismo intelectual apenas moderado por una especie de cortesía. También dedicó tiempo a reflexionar sobre el ejercicio de la literatura, en especial sobre la escritura de novelas. Destacables en el género sus títulos Todo verdor perecerá (1943), Chaves (1953), Triste piel del universo (1971); entre sus ensayos: Historia de una pasión argentina (1937), Notas de un novelista (1954) y Poderío de la novela (1965).


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