¿Por qué leer?

por Mori Ponsowy

¿Por qué alguien, en pleno siglo XXI, puede que­rer leer lite­ra­tura? ¡Hay tan­tas otras cosas en que ocu­par el tiempo! Vivi­mos en la edad del espec­táculo, el fis­go­neo y la diver­sión. Tene­mos teles, com­pus, con­so­las de juego, telé­fo­nos celu­la­res, Inter­net, Twit­ter, Face­book, Skype, pelí­cu­las de amor, de terror… Pan­ta­llas y pan­ta­llas y más pan­ta­llas que nos hechi­zan con esa faci­li­dad que tiene la ima­gen para lla­mar nues­tra aten­ción sin pedir nada a cambio.

Uno se sienta delante de la compu­tadora, una tarde de sábado, pen­sando que va a man­dar un solo e-mail y, sin darse cuenta, salta del correo al dia­rio de otro país, y de ahí a You­Tube, y de pronto ha pasado media hora, 50 minu­tos, la tarde entera, y ya es de noche y tiene la mirada ida, y no sólo no empezó el libro que había dejado sobre la mesa, sino que la dis­po­si­ción de ánimo para leer, para con­cen­trarse en una riada de pala­bras que no son las pro­pias, ha des­a­pa­re­cido por com­pleto para ser reem­pla­zada por otra, más simi­lar a la de quien camina dis­traído por un patio de comi­das que a la del nada­dor de fondo que se sumerge en la vida de per­so­na­jes des­co­no­ci­dos, en la caden­cia de unos ver­sos o en la difi­cul­tad de ideas novedosas.

Hace poco, el gran Phi­lip Roth dijo que creía que den­tro de 25 años casi nadie lee­ría nove­las. La entre­vis­ta­dora le pre­guntó si no estaba exa­ge­rando, y él res­pon­dió: “No, al con­tra­rio: estoy siendo opti­mista. Pienso que leer nove­las va a ser una cues­tión de culto. Siem­pre va a haber gente que lea, pero será un grupo muy pequeño. En el futuro cer­cano, leer nove­las será tan infre­cuente como hoy leer poe­sía del siglo V”. La perio­dista le pre­guntó si lo que vol­vía impo­pu­la­res a las nove­las era el tiempo que lle­vaba leer­las. Y Roth res­pon­dió: “No, no tiene que ver con la lon­gi­tud de una novela. Tiene que ver con la imprenta. Tiene que ver con el libro, con el objeto en sí. Leer requiere cierta clase de con­cen­tra­ción, de devo­ción, de entrega. Si uno se demora más de dos sema­nas en leer una novela, no la ha leído. Ese tipo de con­cen­tra­ción es cada vez más difí­cil de encon­trar. El libro no puede com­pe­tir con­tra todas esas pantallas”.

A dife­ren­cia de ver tele, jugar un video­juego o nave­gar por Inter­net, leer no es fácil. Para qué nos vamos a enga­ñar. La lec­tura exige tiempo, aten­ción, tra­bajo. Y no sólo eso: para leer se nece­sita prác­tica. No basta saber leer para con­ver­tirse en lec­tor. Cuando los niños apren­den a leer, al prin­ci­pio pro­nun­cian len­ta­mente cada letra y, cuando lle­gan al final de la pala­bra, no saben qué han dicho. Es que para que la pala­bra pueda enten­derse debe ser leída a una velo­ci­dad deter­mi­nada. Lo mismo ocu­rre cuando, des­pués de leer pala­bras, empie­zan a inten­tarlo con ora­cio­nes: si no las leen a la velo­ci­dad justa, cuando lle­gan al final ya no recuer­dan qué dije­ron al prin­ci­pio. Y lo mismo sucede cuando pasan a leer un párrafo, un capí­tulo, un libro entero. Por eso Roth dice que quien tarda más de dos sema­nas en leer una novela, no la ha leído real­mente. Es decir: no ha cap­tado su sen­tido, no ha nadado en ella. Leer una novela, una página hoy, otra mañana, no es leerla. Leer sig­ni­fica sumer­girse, entre­garse. Encon­trar un ritmo, ni muy rápido, ni muy lento, que nos lleve a des­cu­brir no sólo el sig­ni­fi­cado de las pala­bras, sino, tras ellas, una forma armó­nica: el sen­tido que todas ellas jun­tas comu­ni­can. La trama del bordado.

No es fácil apren­der a leer, no es fácil leer, y no es fácil seguir hacién­dolo. Creo, como Roth, que hoy es más difí­cil que antes, que cada vez será más difí­cil, y que los ver­da­de­ros lec­to­res se van a con­ver­tir en seres extra­ños y anacró­ni­cos, como los fila­te­lis­tas. A veces, sos­pe­cho que en el futuro habrá menos lec­to­res que escri­to­res. ¡Hay tanta gente deseosa de ser leída y publi­cada que no lee a los demás!

¿Por qué leer si pode­mos dedi­car el tiempo a tan­tas otras cosas, más diver­ti­das, más fáci­les, más rápi­das? En una novela mara­vi­llosa, La noche de los tiem­pos, del espa­ñol Anto­nio Muñoz Molina, hay un niño, justo antes de que se des­en­ca­dene la Gue­rra Civil Espa­ñola, que es tes­tigo de cosas que pasan en su casa, de la pér­dida de amor de sus padres, y del caos y la vio­len­cia que se apo­de­ran de la ciu­dad, pero es muy pequeño para enten­der y, sobre todo, para poner pala­bras a lo que sucede a su alre­de­dor. A dife­ren­cia de su her­mana, a la que esas cosas no per­tur­ban, el niño, Miguel, vive en un estado de alerta y conmoción.

Miguel no es un per­so­naje prin­ci­pal en la novela. Es el hijo del pro­ta­go­nista y sólo apa­rece en algu­nas esce­nas. Hubo una, en espe­cial, que me resultó muy reve­la­dora. La fami­lia está cenando y, de pronto, a esa hora en la que nunca suena el telé­fono, alguien llama, inte­rrum­piendo la paz domés­tica. El lec­tor des­cu­brirá, pági­nas des­pués, que quien ha lla­mado es la amante del padre de Miguel. Muñoz Molina escribe:

Miguel obser­vaba e intuía sin com­pren­der, con la inme­dia­tez física con que se per­cibe la hume­dad o el frío […], asom­brado, casi admi­rado, de que su her­mana no per­ci­biera nada. […] Si ella podía con­cen­trarse tanto en todo lo que hacía y moverse con tanta sere­ni­dad y en línea recta era por­que no la dis­traían ni la alar­ma­ban los rui­dos de peli­gro, por­que le fal­ta­ban las ante­nas invi­si­bles de per­ci­bir anti­ci­pa­da­mente tras­tor­nos que él estaba siem­pre agi­tando. […] Por eso a él le cos­taba tanto con­cen­trarse: por­que estaba atento a dema­sia­das cosas al mismo tiempo; por­que adi­vi­naba el pen­sa­miento de los otros o intuía los cam­bios en sus esta­dos de ánimo como esos baró­me­tros que había en la escuela y que regis­tra­ban con sus velo­ces agu­jas las tur­bu­len­cias atmosféricas”.

Miguel sabía cosas que no podía pen­sar, cosas para las que no tenía pala­bras. No eran cosas feli­ces, ni fáci­les de enten­der. ¿Pero qué vida es fácil de enten­der? ¿Qué vida es feliz, pací­fica, o tran­quila, todo el tiempo, siem­pre? ¿Qué vida no oculta secre­tos, peca­dos, dolo­res? Al leer esa escena, al ver a Miguel moviendo su pie bajo la mesa sin poderlo con­tro­lar, al sen­tir su ansie­dad de baró­me­tro enlo­que­cido, me di cuenta de que la lite­ra­tura tiene que ver con eso. Con lo difí­cil. Pero no sólo con lo difí­cil que nos sucede, sino con lo difí­cil­mente deci­ble. Con aque­llo que, para ser dicho, pri­mero debe ser des­cu­bierto o inven­tado. Con aque­llo que, para ser dicho, debe encon­trar pala­bras exac­tí­si­mas, y no una, ni dos, sino tan­tas que muchas veces for­man lar­gos poe­mas, his­to­rias ente­ras, libros inaca­ba­bles. Pala­bras que vale la pena bus­car, y que vale la pena leer, por­que nom­bran lo que real­mente importa. Eso que uno sabe, pero no sabe cómo decir. Eso que uno sabe sin saber. Eso que uno sabe, a veces, sin siquiera poderlo pensar.

¿Por qué leer? Hay miles de razo­nes: para inten­tar enten­der el mundo; para encon­trar sen­tido a lo que de otra manera muchas veces parece no tenerlo; para sen­tir que no esta­mos solos con algu­nas pre­gun­tas. Que­darse leyendo hasta las tres de la mañana sin poder sol­tar el libro. Des­per­tarse y pen­sar, en vez de en la rutina que nos espera ese día, en qué será lo que le espera al per­so­naje. Dejarse lle­var por las pala­bras como se deja un árbol mecer por la brisa. Esas son algu­nas razo­nes para leer.

Pero, me parece, aún más impor­tante que todos esos moti­vos es que leer puede ayu­dar­nos a des­cu­brir qué pen­sa­mos. Cuán­tas veces nos sucede que lee­mos algo, y deci­mos, “esto, exac­ta­mente esto, es lo que pienso”, pero hasta ese momento care­cía­mos de las pala­bras para decirlo. En el fondo, quizá, ni siquiera sabía­mos que pen­sá­ba­mos eso. Leer ayuda a pen­sar, a escla­re­cer las ideas pro­pias, a pulir­las y, a veces, hasta a cues­tio­nar­las. Y enton­ces nos ocu­rre como a aquel niño de Muñoz Molina. Hay cosas que sabe­mos, pero que no sabe­mos que sabe­mos. Hay cosas que pen­sa­mos, pero no sabe­mos que pen­sa­mos. Leer ayuda a des­cu­brir­las, pues, antes que noso­tros, el escri­tor se tomó el tra­bajo de bus­car lo que real­mente importa en medio del des­or­den informe de nues­tras vidas, y de encon­trar las pala­bras exac­tas para des­ple­garlo ante nues­tros ojos, ilu­mi­nando deta­lles y mati­ces que nos des­pier­tan del letargo y la costumbre.

Así, leer se con­vierte en una manera de saber quié­nes somos. Una forma de dejar de ser sim­ples miem­bros de una manada en la noche gris, para con­ver­tir­nos en per­so­nas con nom­bre y ape­llido. Leer en serio es un modo de negarse a ser ove­jas en un rebaño, ove­jas que no están muy segu­ras de qué pien­san o en qué creen –o que si lo están es por­que otros se lo han dicho-, para con­ver­tir­nos en indi­vi­duos con ras­gos pecu­lia­res, con cla­ri­dad de pen­sa­miento, con ideas pro­pias y precisas.

¿Por qué leer? Para huir de las gran­des abs­trac­cio­nes y las pala­bras gran­di­lo­cuen­tes. A dife­ren­cia del dere­cho, las cien­cias y la polí­tica, la buena lite­ra­tura está hecha de deta­lles. Una rosa es una rosa es una rosa, y el amor siem­pre será el amor, pero no es lo mismo Anna Kare­nina enamo­rada que Emma Bovary. ¿Por qué leer? Para sumer­girse en lo par­ti­cu­lar y único de cada vida. Para huir de los pre­jui­cios de las gran­des pala­bras. Para no ser una pie­dra sin nom­bre, un árbol anó­nimo. Para ser alguien, para ser dis­tin­tos, para ser per­so­nas sin­gu­la­res, con una hue­lla digi­tal, vital, clara, única y pre­cisa. ¿Por qué leer? Para des­cu­brir quié­nes somos. ¿Por qué leer? Para poder pensar.

[Publi­cado en La Nación de Bue­nos Aires, el 16 de noviem­bre de 2011, con el título Leer, un modo de des­cu­brir­nos.]