por Héctor M. Guyot

No tengo muchos recuerdos de mis primeros años de vida. Pero guardo una frase que mis padres me han repetido más de una vez. Palabras más, palabras menos, la idea era la siguiente: “Cuando aprendas a leer te va a encantar, lo vas a disfrutar”. Yo tendría 4 o 5 años, presumo. Nunca les pregunté a mis padres si me decían eso porque yo mostraba una incipiente atracción hacia las historias o simplemente por lo mucho que a ellos les gustaba leer. Es decir, si era un pronóstico nacido de la observación o un deseo que partía de su propio entusiasmo. Como fuere, acertaron. Soy de esos que pueden pasarse una tarde de sábado sumergido en una buena novela por la sencilla razón de que me divierte. Entre las cosas que más me gusta hacer, la lectura ocupa un lugar muy bien ganado.

Por extraño que parezca, esa práctica inofensiva se ha convertido en un acto de resistencia. La lectura se ha devaluado. Ya no tiene prestigio ni divierte. Un botón de muestra. En un reciente comercial colombiano que invita a hacer el mejor regalo del mundo en el Día del Amigo, un joven le extiende a otro su obsequio. “¿Un libro?”, exclama el segundo, decepcionado. Pero la alegría (y la música festiva) vuelve cuando el regalado descubre que dentro del volumen hueco se esconde una cerveza. Como prueba de que todavía nos movemos en la estela del Iluminismo, cuyos postulados se niegan a perecer del todo, el aviso despertó indignación. “Me pone triste saber que los valores que les queremos inculcar a nuestros jóvenes están siendo menospreciados. La lectura debería ser un valor importante en la sociedad”, se lamentó Enrique González, presidente de la Cámara Colombiana del Libro. Está bien lo del valor social. Pero a la hora de contagiar a los más jóvenes las ganas de leer, yo iría por otro lado.

La sociedad tecnológica es hedonista y autorreferencial. Todos andamos con tres o cuatro pantallas encima (o con una que las resume a todas), y allí encontramos satisfacción inmediata y estímulos que aplacan el vértigo que produce asistir al mero paso del tiempo. De allí el éxito del Candy Crush o el Flappy Bird. Nos rescatan del vacío y el tedio. Son el pasatiempo perfecto. Por eso, si uno quisiera vender al libro no como virtud social sino como placer privado o como fuente de rédito personal, hay que ir más allá de aquello que alguna vez mis padres profetizaron con tanto acierto. Y se puede. Porque además de proveer divertimento, la lectura ofrece un beneficio extra. Carver tenía razón cuando decía que un libro no puede cambiar el mundo. Sin embargo, puede cambiar el modo en que vemos el mundo. Y eso lo es todo. Un libro puede cambiarnos. Y ayudarnos a vivir. O a entender de qué va el asunto.

Que la vida es búsqueda lo aprendí con Siddharta, de Herman Hesse. Luego, como tantos otros, llené mis horas adolescentes con la ambigüedad de Demian, que enseña que si quiero la luz debo aceptar la oscuridad. De la angustia existencialista de El lobo estepario pasé a la lección de Narciso y Goldmundo, en el que reconocí desdoblados en dos personajes inolvidables los opuestos que entonces se debatían dentro de mí: la razón y la intuición, el control y el abandono, la ciencia y el arte.

Completaron mi educación Kerouac y Salinger, y aquí tampoco pretendo ser original. Como Hesse, ambos apuntalaron mi conciencia individual enfrentada a la uniformidad que tienden a imponer el poder y la maquinaria social. En el camino fue la fidelidad a la propia visión y la actitud compasiva por todo lo vivo, así como la pulsión dionisíaca y el éxtasis del desplazamiento. Junto con Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno, me indigné por la hipocresía que la mirada ingenua pero implacable del adolescente encuentra allí donde se posa. Y me sentí menos solo.

Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll, me mostró que es posible mantenerse insobornable ante las presiones del medio y preservar la dignidad en la derrota, así como El corazón es un cazador solitario, de Carson McCullers, me ayudó a entender los límites de la comunicación humana. Puedo decir esto con certeza aun cuando hoy, muchos años después, la trama de estas novelas se me ha deshilvanado. Más acá, de autores como Claudio Magris y John Berger aprendí que la inteligencia sólo tiene valor cuando la acompaña la sensibilidad, y que hay que andar y conocer mucho para llegar a la simpleza.

Durante años tuve la sospecha de que se escribía -y se leía- para conjurar en el papel la riqueza de la vida, que nos excede y nos desborda. La letra impresa como un producto de la abundancia. Con el tiempo le fui teniendo más respeto a la tesis de Vargas Llosa, que de algún modo sostiene lo contrario: escribimos y leemos a partir de una carencia. Es decir, porque una sola vida no nos alcanza y necesitamos desdoblarnos en otras -las de los personajes- para reconocer y recorrer toda la paleta de emociones que llevamos dentro en estado latente.

Pero importa poco si el arte de la ficción es un derivado del exceso o de la carencia. A fin de cuentas, aquel que lee lo seguirá haciendo, y no porque rescate así un valor importante en la vida social o porque obtenga algún beneficio extra. Lo hará por aquella simple razón que esgrimían mis padres y que le abrió tantas expectativas al chico que fui. Ése fue el mejor regalo del mundo. Cualquier página de Chejov, Mankell, Murakami o Leonardo Padura es mucho más divertida que el Candy Crush. Un secreto, parece, cada vez más restringido.

[Publicado en La Nación de Buenos Aires, el 22 de marzo de 2014.]