El árbol, por María Luisa Bombal

bombal1939De alguna manera guiada por el pro­grama que un pia­nista des­co­no­cido eje­cuta en una sala de con­cier­tos, una mujer evoca el trán­sito de su vida desde la infan­cia des­preo­cu­pada, inocente, con­fiada e idea­lista, hacia la vida adulta, cons­ciente de la feal­dad, la vejez, la trai­ción y la muerte. Tránsito sin pena por los ensue­ños per­di­dos sino apu­rado por la vita­li­dad audaz de alguien que se atre­vió a la cla­ri­dad y la intem­pe­rie, que des­cu­brió que la vida es riesgo y aven­tura. El árbol que da nom­bre al cuento es la llave que abre la puerta de la casa de muñe­cas y lleva a la calle, el árbol del conocimiento.

El relato se desen­vuelve siguiendo una estruc­tura emi­nen­te­mente musi­cal y poli­fó­nica. “A mí antes me gus­taba mucho la música clá­sica —diría más tarde la autora en una entre­vista con Sara Vial—. Mozart siem­pre me ins­piró el juego, la ale­gría des­preo­cu­pada de la niñez, por­que él nunca dejó tam­bién de ser un niño, mien­tras que Chopin es la pasión, el sen­ti­miento, y Beethoven el horror final, el sufri­miento, ese drama que yo no puedo defi­nir.” Una sutil corres­pon­den­cia entre­laza los esti­los de esos com­po­si­to­res, cuyas pie­zas se escu­chan en el con­cierto al que asiste la pro­ta­go­nista, con la secuen­cia de esta­dos de ánimo que la domi­na­ban en los momen­tos evo­ca­dos, y los soni­dos del agua con que los aso­cia, desde los ale­gres sur­ti­do­res de la juven­tud hasta la tem­pes­tad de la reve­la­ción, pasando por las olas inquie­tas que anun­cian la cri­sis. La trama imbrica tam­bién corres­pon­den­cias secun­da­rias, como las que se rela­cio­nan con la indu­men­ta­ria de la pro­ta­go­nista o con los espa­cios donde se desen­vuel­ven sus recuerdos.

María Luisa Bombal (1910–1980) nació en Chile, se educó en París, y se dio a cono­cer como escri­tora en Buenos Aires, donde trabó rápida rela­ción con el mundo lite­ra­rio de la época, tanto con el grupo nucleado alre­de­dor de Victoria Ocampo, como con otros escri­to­res que desde la capi­tal argen­tina esta­ban abriendo rum­bos para la narra­tiva his­pa­noa­me­ri­cana dis­tin­tos del rea­lismo o el crio­llismo tra­di­cio­na­les. La obra de Bombal no es nume­rosa —dos o tres nove­las cor­tas, algu­nos cuen­tos— pero es cohe­rente en su estilo e inten­ción. El árbol, escrito en 1931, anti­cipa su len­guaje pre­ciso, sus estruc­tu­ras de cui­dada arqui­tec­tura. También anun­cia una temá­tica cen­trada en la con­di­ción de la mujer, más exac­ta­mente en los con­flic­tos que le plan­tea desa­rro­llar su exis­ten­cia en un orden mas­cu­lino. La bio­gra­fía de la escri­tora revela que no se tra­taba sólo de una preo­cu­pa­ción literaria.

El árbol apa­re­ció publi­cado por pri­mera vez en 1939 en la revista Sur, de donde pro­cede el texto que aquí pre­sen­ta­mos. La dedi­ca­to­ria a la escul­tora chi­lena Nina Anguita, que hos­pedó a Bombal en su casa de Buenos Aires, fue tomada de una edi­ción posterior.

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